Biografia
En el sesquicentenario del nacimiento del Beato Francisco
Gárate
En 1880 algunos ciudadanos de Bilbao
comenzaron a tratar de la fundación de un Colegio en el que
se enseñaran disciplinas superiores. Al estilo del fundado
cinco años antes en La Guardia (Galicia), casi en la
desembocadura del Miño, por el P. Tomás
Gómez, al que habían calificado como
“mezcla de místico y empresario”. En
1881 el P. Provincial Francisco de Sales Muruzabal, navarro,
“aquel joven tan guapo, tan sesudo, tan sano de ideas y tan
entusiasta”, aceptó la oferta del plan bilbaino.
Costó encontrar un solar adecuado, hasta que “a
finales de 1882 se compró una finca en el vecino Deusto, con
tal fácil acceso desde Bilbao que más parece su
continuación”. El 13 de junio de 1883 se puso la
primera piedra de la futura Escuela de Estudios Superiores. Tres
años después, el 2 de julio de 1886, fiesta del
Sagrado Corazón, el P. Luis Martín, nombrado
Superior, “se trasladó a vivir allí con
unos pocos Padres y Hermanos”, aunque todavía
quedara mucho por hacer. Y el primer curso se inició el 25
de setiembre de 1886 con “62 alumnos, todos
internos”, y una Comunidad jesuítica compuesta por
“17 Padres, 5 Escolares y 17 Hermanos”.
La actual Universidad de Deusto
está celebrando, pues, este curso su cumpleaños
nº 120. Sería curioso calcular el número
de alumnos y profesores que hemos pasado por Deusto a lo largo de estos
120 años. Pero entre tantos solamente uno ha merecido el
honor de los altares, el actual Beato (y esperamos que pronto Santo)
Hermano Francisco Gárate Aranguren. Alguien ha calificado al
H. Gárate, y con razón, como “el mejor
profesor de la Universidad de Deusto”. Y el P. Roberto
Martialay preludia así sus “230 fechas para una
vida del H. Gárate”: “Nos pasa con
Gárate como con San José. ¿Se imaginan
Vds. una ‘biografía’ de San
José? Y, sin embargo, él es el testigo mudo de
los misterios de la Infancia y –por eso– la
personalidad más calificada en la Iglesia después
de la Virgen María. Pues algo así. De
Gárate apenas hay palabras suyas. Apenas consta en los
libros. El imponente volumen de la historia de la
Compañía, de 1868 a 1883, apenas puede citarle un
par de veces a pie de página para decirnos que
allí tuvo que estar, por contemporaneidad, el
después famoso H. Gárate. Allí estaba.
Y es que, a mi parecer, la primera y fundamental labor del H.
Gárate ha sido de presencia. Pero de una presencia
callada”.
El H. Gárate no se contaba
entre aquellos 39 jesuitas que fueron los primeros moradores de Deusto.
Tenía entonces 29 años y estaba destinado en el
Colegio de Segunda Enseñanza y Preparatorio para Carreras
Especiales de La Guardia, precisamente germen del de Deusto. Como
sacristán y enfermero. El P. Luis Martín
sólo iba a durar unos meses como primer Superior de Deusto.
El 8 de diciembre de 1886 ascendía a Provincial de Castilla.
En su primera visita canónica a La Guardia como Provincial
de Castilla, el P. Martín se reencontró con el H.
Gárate. Habían convivido en la Casa de
Probación de Poyanne, Prefectura de Las Landas, donde se
habían acomodado el Noviciado de Loyola y el Colegio
Máximo de San Marcos de León, exiliados tras la
Revolución de 1868. El P. Luis Martín
residió allí durante los años
1869-1880 y allí se ordenó sacerdote el 24 de
setiembre de 1876. El H. Gárate ingresó en el
Noviciado de Poyanne en 1874 y allí permaneció
hasta 1877. Durante su Noviciado recibió unas
líneas de su ama con la triste noticia de la muerte de su
aita en Errekarte el 31 de mayo de 1875. Poco después, por
las Noticias de la Provincia, se enteró de la apertura del
Colegio de La Guardia, que pronto iba a necesitar más Padres
y Hermanos. Y emitió sus primeros votos el 2 de febrero de
1876, fiesta de la Purificación de Nuestra Señora
y la Presentación del Señor en el Templo.
Había pasado tres
años (1871-74) en el Colegio de Orduña como
criadillo, con su paisano y amigo José Ignacio
Bereciartúa, Katxalan, tratando además de
aprender la lengua castellana y viviendo de rebote el enfrentamiento
entre carlistas y liberales. El 30 de julio de 1873 entra en
Orduña el Rey Carlos VII. Visita el Colegio y recorre la
casa acompañado del séquito militar. Al final de
esa jornada, Francisco, que conoce las preferencias de sus paisanos y
familiares por la causa carlista, pero mantiene miras más
elevadas, toma su librito espiritual, lee y medita: “Y si un
rey fuese tan liberal y tan humano que os invitase a su mesa,
¿habría alguien tan descastado que rechazase
semejante invitación? Pues ¿qué
diréis del que desoyera la invitación del Rey de
la gloria, que os llama a su Compañía y
seguimiento?”. El 9 de noviembre de 1873 el
ejército carlista gana la batalla de Montejurra. Pero
Francisco ya tiene decidida su vocación. Después
de Navidades se irá con su amigo Katxalan y el estudiante
Lorenzo Zabala a pedir la entrada en el Noviciado de Poyanne. Pero
antes podrá pasar por su casa natal de Errekarte y conocer a
su nueva hermanita, que lleva nombre de Reina: Mª Cristina.
Tras la cena de uno de aquellos
días y después de retirados sus cuatro hijos,
quedan solos ama Mª Bautista y aita Francisco. El P. Martialay
ha imaginado la conversación que sigue. Ella, airosa y
agradable en sus 40 años, es la que rompe el silencio:
– Praisku, nuestro segundo hijo
va a cumplir 17 años. Ya es un hombre.
– Si Dios quiere, mataremos el
cordero primerizo para San Blas.
– Pero, Patxi, nuestro hijo
sólo piensa en quedarse con los jesuitas.
– Con los jesuitas de
Orduña lleva tres años. En buen sitio
está.
– No te digo eso. Praisku
quiere irse Hermano jesuita. Tú lo has visto estas
Navidades: de la portería a la Santa Casa. Vive
más con ellos que con nosotros. Praisku quiere irse novicio.
– Praisku es un chico formal y
piadoso. Siempre lo fue. Pero en Loyola no se han visto novicios desde
la ‘Gloriosa’, cuando los llevaron a todos a
Francia. Van para eso seis años.
– El P. Garciarena me ha dicho
que lo recibirían en Francia. Allí tienen una
casa grande para los estudiantes de acá.
– Es muy joven para eso
(sentencia aita).
– Pues él
está dispuesto a pasar por todo y a cruzar la frontera.
Tú ¿qué dices?
– Que no.
(Un prolongado silencio)
– Podrías
acompañarle (insiste dulcemente Mª Bautista)
– ¿Yo?
– Tras la muerte de mi hermana
Mª Josefa, tu fuiste un día pasando los montes a
Bilbao para pedirme que me casara contigo y traerme al
caserío. Y hasta Roma te fuiste para arreglar nuestros
papeles, ¿recuerdas? Ya hace 22 años de eso. Pues
mira, Patxi también tiene un amor. Y su novia es la
Compañía.
(Francisco Gárate Arrieta se quedó concentrado
con ese gesto mudo y prolongado en que expresan su emoción
los caseros. Pero...).
Aquella mañana del 16 de
enero de 1874 se levantaron tan temprano como en los días de
verano cuando el sol madruga y hay que afilar el dalle para hacer el
corte de la alfalfa. Pero, en lo más cerrado del invierno,
faltarían cuatro horas para que el sol despuntara. Y
entonces, según sus cálculos, estarían
cruzando Andazarrate. Mª Bautista había
ordeñado la vaca roja y puso la leche a cocer.
Sacó del arcón unos escarpines nuevos de lana
cardada en casa y una camisa limpia.
En el cuarto de los peregrinos, en la
planta baja, sobre el heno seco, había dormido Lorenzo
Zabala, el colegial de Orduña que llevaba el mismo
propósito. Praisku se calzó las abarcas y
cruzó repetidas veces las cintas sobre los escarpines hasta
las rodillas. Sorbió la leche tibia, mientras ama le
ponía en el zurrón el talo y el queso para el
mediodía. A poco llamaban quedamente a la puerta exterior.
José Ignacio Bereciartúa, Katxalan, inseparable
de Praisku, vino fiel a la cita. Su aita se había apalabrado
con el aita de Praisku para juntarse a la marcha y regresar
también juntos después de dejar a los hijos en
buenas manos. Eran por tanto cinco los expedicionarios que dejaban
Errekarte aquella fría noche de enero. Para Praisku era
dejarlo para siempre y tan vez no volver a ver a su ama.
– Hijo (le dijo
ésta) para Dios te entrego. Sé fiel al
Señor y aprende la vida santa entre los Padres jesuitas. Y
no te olvides nunca de pedir por nosotros. Agur, hijo.
– Agur, ama.
La jornada de ese infatigable
día tuvo algo de excursión, de Via-Crucis, de
autodestierro, de Exodo... dentro de un sentido mayor: ir al encuentro
del Señor en el destino de la propia vida. El itinerario
recorrido pudo ser el siguiente. Salieron de Errekarte por el camino
viejo de Eguibar y en Azpeitia tomaron una trocha –hoy
carretera– que va remontando el curso del arroyo Erretxil,
dejando a la izquierda la altura de Araunza, para salir a la venta de
Etumeta. Evitando siempre el Ernio, debían alcanzar los
caseríos de Iturrioz y un poco más
allá Andazarrate. Hasta aquí iban 16 kms.
Hicieron un brevísimo alto con la luz de la aurora y
continuaron. Una larga etapa ladeando el Andatza les puso en San
Esteban de Usurbil, y desde allí en Lasarte y en Hernani:
otros 20 kms. Comieron y descansaron fuera de poblado,
haciéndose a la idea de que les quedaba por caminar
todavía otro tanto. Es decir, otros 20 kms. hasta la
frontera por Ergobia, Astigarraga, Oyarzun, Ventas de Irún;
y 16 más hasta San Juan de Luz. El cruce del Bidasoa
tuvieron que hacerlo en un vado discreto, fuera del alcance
de los chapelgorris y de la vigilancia de las aduanas, en
conexión con algún barquero furtivo. La
formidable caminata de 70 kms. en un solo día es concebible
en gente de caserío, que son naturales andarines. Y en
nuestro caso urgidos por una imperiosa necesidad: la de llegar al
objetivo pasando inadvertidos, en lo que jugaban su papel las sombras
de la noche en el paso por la frontera. Tres mozos saliendo en plena
guerra del propio territorio podían verse
señalados de intencionales desertores y tener un serio
problema en algún puesto de guardia.
No sabemos en qué local de
San Juan pasaron aquella noche. Teniendo en cuenta la hora
tardía de la llegada, en plena noche, puede suponerse que
descansaron malamente en algún abrigaño
público o en alguna fonda barata. Consta, en todo caso que
aquel mismo día, 17 de enero, tomaron el tren para Dax y en
Dax montaron en el coche de Poyanne. En la puerta del Chateau les
recibió el H. Santiago Rico, que desde la
sastrería atendía también a la
portería. Llamó al P. Ayudante, Pedro
Castelló, y éste, a su vez, al Bedel de los
Hermanos, H. Ramón Aguado, que acomodó a los dos
aitas para que pudieran pasar allí un par de noches y a los
tres candidatos en la zona de los postulantes. Aquella noche tomaron un
refrigerio y pasaron al ‘lavapies’ para descansar
sus rendidos miembros antes de irse a la cama. En aquella
época y en aquella casa no había duchas.
Al día siguiente recorrieron
la casa, que albergaba una comunidad de más de 200 jesuitas,
y visitaron las diferentes oficinas y talleres. Y cómo no,
se presentaron al P. Maestro, el P. Felipe Gómez, hombre de
no buena salud y que trataba a los Novicios con menos rigor del que
aquellos rigurosos tiempos idealizaban. Otro día
más y los dos aitas emprendieron el regreso hacia Loyola. Y
Francisco y José Ignacio iniciaron el Postulantado, que para
ellos sólo duró unos días, por haber
servido largo tiempo de criados en Orduña. El 2 de febrero
vistieron ya la sotana y comenzaron el Noviciado. Al día
siguiente cumplía 17 años el ya H.
Gárate. Los Novicios eran algo más de 30, pero
sólo unos pocos había sido recibidos como
Hermanos.
No mucho después recibe el H.
Gárate unas breves líneas de su ama, que le
notifica que el 31 de mayo de 1875 ha fallecido en Errekarte aita
Francisco Gárate Arrieta. El H. Francisco irá un
rato a la Capilla y pedirá a la Comunidad que lo
encomienden. Entre las noticias que llegan de la Provincia, la de la
apertura del nuevo Colegio en La Guardia: pronto harán falta
más Padres y más Hermanos. Y el 2 de febrero de
1876 el H. Gárate hace sus votos del bienio. Desde ese
día pasa a formar parte de la Comunidad de Hermanos.
Según el Catálogo, queda encargado ‘ad
domestica’, es decir para lo que en cada momento se ofrezca.
Desde Poyanne fue destinado al H.
Gárate a La Guardia. Llegó el 30 de octubre de
1877. Se le confiaron los oficios de sacristán y de
enfermero, a los que el Hermano se entregó con toda su alma.
Un ejemplo: el P. Sorondo estaba indispuesto en su
habitación. Había que hacerle la limpieza del
cuarto y llevarle la comida. Se diría que desde
que está enfermo el P. Sorondo, el H. Gárate vive
para él y no para sí. No se le ve en el comedor y
se preguntan algunos si duerme, pues a cualquier hora de la noche
está vestido, pendiente del estado del enfermo. Otro
ejemplo: los estudiantes no van a sus casas durante las vacaciones de
verano. Cada día aparece el H. Gárate en el
estudio con su bata blanca y llama a los que tienen que tomar aceite de
hígado de bacalao u otra prescripción. Cuando no
los encuentra en el estudio los busca en el patio de recreo. Y no
sólo atiende a los aspectos de salud y a los cuidados de la
sacristía: está pronto a cualquier servicio
eventual de utilidad. Uno de los profesores seglares ha tenido que
decirle: “Hermano, si se toma Vd. la cosa con demasiado celo,
como se la toma con los que caen enfermos, perderemos al enfermero, y
será peor aún”. Respuesta:
“Mientras podamos, estamos para servir, y luego Dios
dirá”.
Recuerdos de un periodista:
“Para los tres colegios del Centro de La Guardia, no
había más enfermero que el H. Gárate.
Nos hacía mucha gracia cuando le veíamos subir y
bajar escaleras con dos o tres anchas bandejas repletas de vasos de
leche, tazas de caldo, pócimas y purgantes. Bajo las
bandejas justamente se adivinaba al portador como un funambulista o
equilibrista que iba subiendo y bajando sin tropezar y sin verter una
gota de todos aquellos vasos, tarteras y cachivaches.
Parecía tener el don de la ubicuidad... El nuevo Rector P.
Landa le prohibió ayunar al H. Gárate porque, si
no perdía agilidad, iba perdiendo carnes. Nadie le
aventajaba entre los Hermanos en el cumplimiento de sus deberes.
Siempre alegre, siempre risueño y de buen humor, pero
manteniendo a raya con discreción al que abusaba de su
confianza. A mí me sentó pésimamente
el clima tan húmedo de Galicia. Dicho se está que
el H. Gárate tuvo que pelear muchísimo conmigo
por motivo de aquella dolencia, que me fue en aumento. El primer
año no bien, el segundo mal, el tercero peor que peor, y el
cuarto me daba cada mes un ataque muy fuerte a los bronquios que
acababa en una calentura que desaparecía misteriosamente
hasta el mes siguiente”. Acabados sus estudios, aquel futuro
periodista se despidió del H. Gárate llorando a
lágrima viva y con un fuerte abrazo. “Nadie
más que el H. Gárate me ha producido tal
reacción”, comentaba al recordarlo.
Recordemos que tras la marcha del H.
Gárate había quedado en Poyanne el P. Luis
Martín, que luego sería el primer Superior de
Deusto y después Provincial de Castilla. Una de sus primeras
visitas canónicas en 1887-88 fue al Colegio de La Guardia. Y
allí se reencontró con el H. Gárate.
Ya le conocía bien y allí le confirmaron en sus
temores. Se desvivía con exceso y su salud podía
por eso peligrar. Siendo enfermero, ni comía ni
dormía ni hacía otra cosa que atender a cada
enfermo. Así que decidió liberarle del oficio de
enfermero y dejarle simplemente como ayudante del sacristán.
Al parecer, además, pensaba ya destinarle a Deusto, aunque
no antes de que el Hermano emitiera sus Últimos Votos. El 15
de agosto de 1887 el H. Gárate emitió sus
Últimos Votos en la Capilla del Colegio de La Guardia. Y un
día de primavera de 1888 se presentó en los
Estudios Superiores de Deusto con un maletín de
cartón. Allí iba a pasar el resto de su vida: 41
años.
En el hall de Deusto se
encontró con el H. Zuriarrain. “Sin duda es Vd. el
H. Garate. ¡Bienvenido! Avisaré al P.
Ministro”. Y mientras va en su busca, el H. Gárate
observa una puerta y un pasadizo con un pequeño local para
utensilios de limpieza. Una escalerita empinada va a una especie de
entrepiso, válido quizá como trastera. Es muy
angosto y su techo da en la bóveda de la primera planta,
sensible a la curvatura de la pared. Un ventanuco forzado a la altura
del suelo sirve de tragaluz. “¿Qué
mejor trasto que yo para este albergue?”, se ha dicho el H.
Gárate. Llega el P. Ministro y le dice:
– Le necesitaremos a Vd. de
portero. En lo sucesivo cuidará Vd. la vigilancia de la
entrada. Ya sabe Vd. Mucho movimiento. Esto no es La Guardia.
Aquí tiene las llaves. Contará Vd. con un chico
que le ayude. Lázaro Echevarría es un navarrico
de Obanos. Procure enseñarle con su ejemplo y que no deje
los actos de piedad. El H. Zuriarráin le indicará
ahora cuanto necesite. Lleve las cosas a su aposento y descanse.
– Yo creo que me
quedaré muy a gusto en ese cuarto, si Vuestra Reverencia me
lo permite.
– ¿En ése?
– Está
más cerca de la puerta y oiré mejor las llamadas.
– Si es así, como
guste.
Tras un sueño reparador,
cuando aún no ha amanecido y la Comunidad sigue durmiendo,
el H. Gárate ha bajado la empinada escalerilla de su
entrepiso, sosteniendo con arte una palangana de agua que va a verter
en la tina de la fuente. La limpia con la mano y la llena otra vez con
agua clara. Vuelve al entrepiso y coloca la palangana sobre una silla
de paja. Silla y palangana son todo el ajuar de su
habitación. Ahora baja, cruza un porche del patio y abre la
puerta de la Capilla pública. Se postra con reverencia. Se
levanta y va a descorrer la barra que cierra la puerta exterior. Vuelve
a la Capilla. Se arrodilla en un banco de atrás. Su cuerpo
está quieto, cristalino. Así lo halla el Padre
que dice la Misa de 5 de la mañana para muchachas de
servicio. Le ayuda la Misa.
Y comienza la tarea diaria en la
portería. Pocos días después, su
ayudante Lázaro viene a decirle:
– Hermano, aquí hay
unas mujeres que preguntan por Vd.
– Pues
¿quién me conoce en Bilbao? Hazlas pasar.
¡Es su madre!, acompañada de dos hermanas Azcune,
Manuela y Mª Josefa y el marido la primera,
José Mª Arregui.
– ¡Hijo
mío!
– ¡Oh!,
¿cómo está, madre?. ¿Y
cómo están Vds.?
Mª Bautista le mira de hito en hito. Pero él no
levanta la vista: no suele hacerlo ante las señoras. Y ama
le habla de la familia y del caserío, de su hermano mayor
Juan José, que en parte ayuda en el Santuario; y de su
hermana pequeña, Mª Cristina, la reina de la casa,
que está en los 15. Y luego comentará con sus
amigas: “Si a este hijo mío no lo hacen santo con
zapatos y todo, ¿a quién le van a
hacer?”. Al fin hacen una visita a la Capilla y se despiden.
Es la última vez que el H. Gárate ve a su ama:
meses más tarde le llegará una carta con orla
negra, firmada por su hermana Mª Cristina, que le notifica en
euskera: “Ama se fue al cielo. Tendremos el funeral en la
parroquia de Azpeitia”. El H. Gárate ha besado la
carta, se ha postrado ante el Señor y ha pedido al P.
Pagazaurtundua diga una Misa por ella.
El 10 de agosto de 1890 ha sido nombrado
nuevo Rector: el P. Francisco de Sales Muruzabal, que gustaba de
emplearse en ministerios espirituales. A través de
él conocieron al H. Gárate las Religiosas de los
Ángeles Custodios, fundadas por Dª Rafaela Ibarra,
que se prestaron enseguida a ayudarle en ciertas labores, como repasar
la ropa de la Sacristía y lavar los Corporales. Se admiraban
de la gracia y solicitud que ponía el Hermano en recibirlas
y comentaban entre ellas que tenían en Deusto dos jesuitas:
uno para fundador (el P. Muruzabal) y otro para santo (el H.
Gárate).
Por aquel tiempo se cebaba en toda
Europa una epidemia de pulmonía y bronquitis. En Deusto
cayeron en cama un centenar de enfermos. El H. Gárate deja a
Lázaro Echevarría en la recepción y se
le ve subiendo y bajando escaleras: unas veces lleva mantas y
sábanas limpias que trae de la ropería, otras
hace equilibrios con una bandeja llena de vasos, frascos y medicinas
con destreza de oficio. Lo malo es que no descansa por la noche y, como
en La Guardia, se queda a velar a alguno que tiene fiebre
más alta. Por toda razón dice: “Ya
habrá tiempo de descansar allí”. Hasta
que el H. Enfermero le dice: “Ahora a Vd. le toca obedecer.
Gracias y váyase a dormir”. Pero el H.
Gárate pasa todavía un buen rato en la Capilla y
al día siguiente le encuentran otra vez en ella a la hora
acostumbrada.
El 2 de octubre de 1892, en la
Congregación General celebrada en Loyola, es elegido General
de la Compañía de Jesús el P. Luis
Martín. El Claustro de Profesores de Deusto, con un grupo de
alumnos, fue a Loyola a felicitar al que había sido primer
Superior de la Escuela de Estudios Superiores. El H. Gárate
tenía un motivo más para ir a Loyola: la
todavía reciente muerte de su madre. Pero no fue. Preguntado
sobre su posible participación en el viaje,
respondió así: “Creo que el P. General
no notará mi ausencia entre tantas felicitaciones que le
darán”.
No ha olvidado aquellas primeras
indicaciones del P. Ministro. Una de ellas es la de que
enseñe piedad a los criadillos. Y lo hace a la
perfección. Sobre todo a base del rezo del Rosario. Ellos le
cogen enseguida mucho cariño, y viceversa. Algunos nos han
dejado sus recuerdos escritos.
Joaquín Elícegui
(futuro jesuita).- Acudía inmediatamente al Superior, cuando
por mi medio recibía recado de que debía ir a
él. Atendía tres Capillas
–pública, estudiantes y Comunidad– y sus
Sacristías. Alguna vez ayudaba en el jardín,
aunque había un jardinero seglar (el Sr. Marcos
Marañón) para los jardines delanteros. Si nos
indicaba que limpiásemos la escalera de una manera
determinada y nosotros le sugeríamos que sería
mejor de otra, inmediatamente lo aceptaba. Trataba a todos muy
caballerosamente y con mucho cariño. Un cariño
que se veía brotar sinceramente de él, nada
fingido ni pegajoso. Se daba a todos, era muy servicial. No evitaba las
ocasiones de servir, antes bien se adelantaba. En esta materia no
hacía distinción de personas, ni de Superiores ni
de inferiores. A todos servía todo lo que podía.
Yo creo que su amor al prójimo derivaba de su amor a Dios.
Nosotros notábamos diferencia, comparado con los
demás, en la forma que tenía de tratar al
prójimo. A las personas afligidas las hablaba como apenado.
No tenía ningún enemigo. Cuando llegaba alguna
persona pesada, se limitaba a decir. ‘Emen dek’ (ya
está ahí). Si era una mujer más
desenvuelta, adoptaba un continente más serio y bajaba la
vista. Hablaba lo correcto con mujeres. En otros menesteres
admitía pequeñas bromas, no en ése.
Enseguida notaba cuando los alumnos trataban de introducir licores u
otra cosa prohibida, y avisaba al Prefecto. A sus subordinados nos
mandaba con cariño. No recuerdo una reprensión
amarga. A lo sumo algún pequeño pellizco en el
brazo cuando hacíamos una cosa mal. No nos mandaba
más trabajo que el que pudiésemos
fácilmente hacer, y él nos daba ejemplo yendo por
delante. Muchas veces prefería hacer las cosas que molestar,
aun a los criados. Nunca se olvidaba de cumplir sus promesas, cuando
las había hecho por algún trabajo extra que nos
mandara. Aprovechando la circunstancia de que guardábamos
las escobas debajo del tablado de su aposento, asomé la
cabeza por ver cómo lo tenía. Tenía
incluso menos cosas que nosotros, los criados. Nosotros
teníamos trípode para la palangana y la jarra. El
tenía simplemente una jofaina sobre la silla. Cuando
quería lavarse o afeitarse, tenía que bajar con
su jofaina a tomar agua de la fuente del patio. Se lo vi hacer, cuando
no había podido hacerlo antes. Usaba cilicio. Aun de pie
cabeceaba a veces, falto de sueño, por lo que procuraba
moverse. Creo que hacía la oración de la
mañana delante de la Capilla de alumnos, en la parte alta de
la escalera principal, junto a una columna, pero sin apoyarse en ella.
Muchas veces le encontrábamos allí, cuando
íbamos a comenzar nuestras labores. Para entonces
había ayudado a Misa. Aprovechaba ratos de calma para
retirarse a orar en alguna habitación de la
portería. Los días de fiesta hacíamos
la limpieza de los bancos de la Capilla como de ordinario, pero
nosotros nos dábamos prisa para quedar libres. Él
lo notaba y nos advertía que no habíamos hecho
bien la limpieza y, con suavidad, sin enfadarse, decía:
“No tenéis que hacer las cosas porque os vean,
sino por Aquél”, y apuntaba al Sagrario. Nos
inculcaba la devoción al Santísimo Sacramento,
diciendo que hiciésemos el saludo con respeto. Con
frecuencia se le escapaban los nombres ‘Jesús,
María y José’. Cuando
rezábamos el Rosario paseando, a veces nos hacía
sentar, pero él seguía en pie.
¡Tenía una sonrisa cuando hablaba de Dios! Se
diría que gozaba con ello. Era más interior,
más devoto que los demás. Muy cuidadoso de tener
limpios los vasos sagrados, se reservaba la limpieza de palmatorias,
candelabros..., y la hacía con nosotros en la
portería. Él daba siempre la última
mano. Nos decía: “Si en este mundo somos mal
pagados, no ocurrirá así en el otro”,
“No procedáis bien para ser vistos de los hombres,
que Dios será nuestro pagador”. Y los
días de fiesta: “A la tarde querréis
jugar a la pelota, pues vamos a rezar”. Y
rezábamos el Rosario... Cuando llegaban pobres, iba a la
cocina a procurarse algo para ellos. El Hermano Cocinero
(Bereciartúa, el de Katxalan), paisano suyo, le
recibía algo bruscamente, pero terminaba dándole
todo lo que pedía. Aconsejaba a los pobres que cumpliesen
con sus deberes religiosos. Les preguntaba si habían
oído Misa y les exhortaba a no dejarla. Criados y pobres
éramos los únicos que recibíamos su
consejo, pues no abundaba en palabra. Dada la sujeción al
timbre y al teléfono, que la portería le
imponía, no cabía hacer más que lo que
él hacía. Vivía una vida
más elevada que los demás. El P. Rector me lo
ponía por modelo, cuando yo iba a llevarle algún
recado. Para poner el Belén recababa la ayuda del H.
Arocena, profesor de Dibujo. Y el Martes de Carnaval adornaba la
Universidad para la procesión de desagravio que
tenía lugar en los Claustros. Con ese motivo
salía a proveerse de jarrones y flores. Era su
única salida. Y a las personas que le habían
traído objetos para esa procesión, las
despedía personalmente, prometiéndoles oraciones.
El cambio de siglo trajo
‘profundas’ novedades en Deusto. Los alumnos
pudieron celebrar las Navidades en sus propias casas. Bilbao corona con
solemnidad a su Reina y Señora de Begoña. Y un
día de San Alonso Rodríguez sucedió un
caso insólito en las costumbres del H. Gárate. El
P. Ascondo tenía que visitar a las Religiosas de los
Ángeles Custodios. Y de paso se ofrecía la
oportunidad de una visita a la Madre de Dios de Begoña.
“Si Vd. me acompaña...”. Y el H.
Gárate se avino a la invitación. Casi puede uno
imaginarse la modestia del H. Gárate, revestido de su
preceptivo manteo, al caminar por la Ribera de Deusto hasta El Arenal,
saludar a su paso por San Nicolás, atravesar el Casco Viejo
y emprender la subida hacia el Santuario. Con qué gozo
atravesó el pórtico de Begoña y se
postró ante la imagen de Nuestra Señora. Y luego,
un tanto abrumado ante la felicidad que rezumaban las Religiosas al
verle en su Casa. Pocos días después le
devolvieron la visita. La Hermana Victoria Galindo,
acompañada por la Demandadera Mª Victoria Eguillor,
fueron a Deusto con un recado para el P. Guinea. Al pasar la verja del
recinto, sorprendieron al Hermano con un gran tiesto que transportaba
sobre el hombro hasta el hall de la Universidad. Al verlas, lo
dejó en tierra, se quitó el delantal y les
enseñó un buen montón de vajilla
sobrante y dos cestas de verduras y de patatas, que había
guardado para ellas.
La pérdida de las colonias y
el caos social tenían a España empobrecida y en
el paro. Por entonces arraigó especialmente la
imagen del H. Gárate limosnero, uno de los aspectos
más típicos de su actividad. Filas de pobres,
hombres y mujeres, mal trajeados, malolientes y sucios, y algunos de
ellos enfermos, pasaban dos veces por semana por la puerta de la
Universidad. El Hermano había recorrido las mesas del
comedor de alumnos con su gran bolsa de boca corredera recogiendo los
mejores pedazos sobrantes. Pasaba con ello a la cocina y los adecentaba
con un cuchillo, mientras observaba si había quedado algo de
pescado o algo más sustancioso. “Venían
tantos los días señalados –apunta otro
criadillo– que subían por una escalera y bajaban
por la otra. Y si alguno se ponían en la cola dos veces, le
advertía: ‘Vd. ya ha tomado
antes’”.
En 1916 fue nombrado Rector el P.
Vicente Leza. Una de sus primeras medidas fue suprimir los actos
procesionales del Martes de Carnaval en el interior de Deusto, cortando
la tradición que se remontaba a los primeros tiempos y se
había convertido en floreciente por su éxito en
aumento. El P. Güenechea, con la franqueza y libertad que
siempre le caracterizaron, tachó de rotunda
equivocación aquella decisión del P. Leza. Pero
sobre todo, todos pensaron inmediatamente en el H. Gárate:
“¡Cuánto lo va a sentir!
¡Qué prueba supone para él quitarle la
única actividad que cada año le hace salir de la
portería y trasponer la verja de Deusto en busca de jarrones
y flores!”. Pero él reaccionó
pacientemente: “Así lo han dispuesto los
Superiores. Bien está”.
En 1920 la fama del H. Gárate
empieza a ser proverbial en Deusto. Según el H. Arrarte, ya
venía con esta fama desde La Guardia. Pero desde ahora
comenzó a tomarse más en serio. Un día
el P. Ministro pidió que se tuviera cuidado en recoger y
guardar motivos para su posible elevación a los altares. Los
Hermanos eran obviamente los que más sabían de
él. Y fueron ellos los que los recogieron a montones, aunque
no sólo ellos, claro está.
El M. R. P. General Ledokowski
visitó en 1922 los principales centros de la Asistencia de
España. Y por supuesto, se llegó hasta Deusto.
Toda la Comunidad le recibió formando amplio corro en el
hall de la Universidad. Tras un primer aplauso de acogida, el P.
General abrazó a todos, uno por uno. Y más tarde,
a toque de campana, toda la Comunidad se reunió en la
escalinata para la foto de rigor. Alguien corre la voz de que falta
uno: el H. Gárate. El P. Rector ordena esperar hasta que
venga. Y al fin aparece entre la general algazara. Así se
logra la única toma de frente del rostro del H.
Gárate.
El 2 de febrero de 1924 se festejaron en
Deusto las Bodas de Oro del H. Gárate. La Comunidad le
obsequió especialmente durante la comida. Y
volvió a aceptar un paseo hasta Begoña para dar
gracias a la Madre de Dios. Pero los años no perdonan. Y
aparecieron por entonces los primeros achaques. Enfermó
varias veces de erisipela. Pero siguió trabajando a pesar de
todos los pesares. Y a sus 71 años sucedió lo
previsible: subido a una escalera cuando limpiaba la parte alta del
hall, se cayó magullándose un brazo y
fracturándose algunas costillas. Pero ni le dio importancia
ni cambió su ritmo de vida. Todo se reducía a
‘unas molestias’.
En la época de la Dictadura
había sido nombrado Ministro de Economía D.
Francisco Moreno, Conde de los Andes, uno de los primeros alumnos de la
Universidad. Sus antiguos conocidos organizaron una comida de homenaje
en Deusto. Al llegar al hall, en mitad del barullo, el Ministro
alzó la voz en ademán de pedir silencio. Y
señalando al portero dijo a todo el mundo:
“¡¡¡Aquí
está el santo!!!”. El H. Gárate, sin
levantar la vista, respondió: “Tú
siempre el mismo. ¡Poca cabesa! ¡Poca
cabesa!”. La carcajada fue general. ¡El H.
Gárate era el único que en toda España
podía decir tranquilamente al Ministro de
Economía que tenía poco seso! Se tuvo el banquete
y el homenajeado pidió al Rector P. Sagarminaga, que llamase
al Hermano. Fue el peor sofocón que podían darle.
Pero obedeció. Recibió una estruendosa
ovación, la gran ovación de su vida en este
mundo. En cuanto pudo, se escurrió y regresó a la
portería.
Y llega el final. Tiene ya 78
años. Era el 8 de setiembre de 1929, fiesta de la Natividad
de Nuestra Señora. El H. Gárate no se ha sentido
bien al levantarse. A las 8 de la mañana sube a la
enfermería y pide un purgante. El enfermero H. Goenaga le
pregunta:
– ¿Está
Vd. enfermo?
– No me encuentro del todo bien.
– ¿Por
qué no se vuelve a la cama?
– No creo que sea para tanto.
No tiene importancia.
Toma el agua de carabaña que le ofrece el Enfermero y se va
a la portería. Su ayudante lo encuentra sentado ante la mesa
del despacho: “¡Qué raro! El Hermano
nunca se sienta sino para escribir”.
– ¿Qué le
pasa, Hermano?
– No me encuentro del todo
bien. Voy a descansar un poco.
El H. Urcelay le nota mala cara.
– H. Gárate,
¿está Vd. mal?
– Sí, pero otras
veces esto se me pasa.
A la 1’30 baja el H. Usabiaga a sustituirle, suponiendo que
el H. Gárate ha subido a comer en segunda mesa,
como de costumbre, y le halla sentado en una silla con cara de
sufrimiento. Avisa al Enfermero que se presenta enseguida:
– ¿Qué,
se siente todavía indispuesto?
– Si, aquí en el
vientre, alguna molestia. Pero no tiene importancia.
– Suba Vd. conmigo a la
enfermería.
El H. Gárate camina despacio, como cansado. Ahora es el H.
Onaindía el que le pregunta:
– Hermano, ¿se
encuentra Vd. bien?
– Algunas molestias (responde
llevándose la mano al vientre). Ando un poco revuelto...,
pero sólo algunas molestias.
El H. Onaindía se fija en su cara pálida de
muerte, con su mirada lánguida y desencajada. Y le obliga a
que le dé las llaves de la portería y se retire
primero a su cuarto y a eso de las 6 a la Enfermería. Se
acuesta. A las 9 toma un vaso de café con leche, que le trae
el H. Enfermero.
A las 11 de la noche, el H.
Gárate llama al H. Goenaga:
– Hermano, avise Vd. al P.
Espiritual para que me traigan el Viático.
A media noche llega el Dr. Luis Emparanza.
– ¿Que pasa, H.
Gárate?
– Pero ¿por
qué le han molestado a Vd. a estas horas?
– Vamos a ver. El pulso
está muy débil. Frialdad en las manos.
Temperatura, 37’5. ¿Que ha sentido Vd.?
– Ligeras molestias...
aquí en el vientre.
El Hermano presenta un estado general depauperado. La vejiga acusa una
dilatación brutal.
– ¿Cuándo
tiempo lleva Vd. sin orinar, Hermano?
– Pues unos días...
– Pero Vd. tiene que tener
terribles dolores. ¿Por qué no lo ha dicho antes?
– Yo creía que se me
pasaría, como se había pasado otras veces.
El Médico decide sondarle y, al no lograrlo, procede a una
punción vesical suprapúbica. Salieron
¡tres litros de orina!, lo que alivió al enfermo.
Aun así se le debilitaba paulatinamente la voz.
– Vaya Vd. a descansar, Doctor.
Dispénseme por tanta molestia como le estoy dando.
Viene el P. Rector y D. Luis comenta con él:
– Probablemente tiene un tumor
prostático. De todas maneras, como no acusa de palabra dolor
agudo, prefiero no aplicarle ningún calmante
opiáceo.
Médico y Rector se van entre las 2 y 3 de la madrugada. El
Enfermero se queda velando. Hacia las 4 el H. Gárate le pide:
– Que me traigan la Extrema
Unción.
– Se la traeremos
después de la Misa de Comunidad (es decir, a partir de las
7).
– ¡Oh!, entonces
será trade.
El H. Goenaga despierta al P. Rector:
– Padre, el H.
Gárate pide la Extrema Unción. Dice que, si se
retrasa, tal vez no haya tiempo...
El P. Leza le administra la Extrema Unción. Y luego
diría: “Si el H. Gárate hubiera tenido
revelación de su muerte, no habría obrado de otra
manera”. El P. Rector inicia a continuación la
Recomendación del alma, que el H. Gárate sigue
con devoción, cerrados los ojos. Justo al concluir la
Recomendación, expiraba. Eran las 7 de la mañana
del 9 de setiembre de 1929.
Verdaderamente el H. Gárate
se había ido como había vivido. Con elegancia y
sin ruido. Seguro que los portones de la gloria se abrieron al paso de
los finos modales en pedir la entrada. Era nobleza espiritual y de la
mejor estirpe, tan cortesana como la de los Loyola, la de este casero,
humano, prudente y perfecto, que se había tomado en serio
que en este mundo estaba para servir y dar la vida.
“Allá descansaremos”, había
dicho tantas veces. El más allá, que era ya su
presente de gloria, empezó a pesar sobre el más
acá con el testimonio de lo auténtico.
Isidro Mª Sans, S.I.